La verdadera historia detrás de ‘La tumba de las luciérnagas’ es todavía más triste que la película
Hay películas tristes. Y luego está La tumba de las luciérnagas.
La película de Isao Takahata, estrenada por Studio Ghibli en 1988, lleva décadas destrozando emocionalmente a cualquiera que se atreva a verla. La historia de Seita y Setsuko, dos hermanos que intentan sobrevivir en Japón durante los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial, es tan dura que muchos espectadores terminan preguntándose lo mismo:
¿Esto pasó de verdad?
La respuesta es incómoda. Sí. Al menos en buena parte.
La película está basada en un relato autobiográfico del escritor japonés Akiyuki Nosaka, quien vivió de primera mano los bombardeos de Kobe en 1945 y perdió a su hermana pequeña durante la guerra.
Y la realidad fue incluso más cruel que la ficción.
Akiyuki Nosaka fue el verdadero “Seita”
Akiyuki Nosaka tenía 14 años cuando los bombardeos estadounidenses golpearon Kobe durante la Segunda Guerra Mundial, prácticamente la misma edad que Seita, el protagonista de La tumba de las luciérnagas.
Su madre había muerto al dar a luz a su hermana pequeña, Keiko, y su padre no estaba presente.
Nosaka y su hermana terminaron viviendo con una tía, pero la guerra destruyó la relativa estabilidad que les quedaba.
Durante los ataques sobre Kobe, la casa donde vivían fue destruida y los dos hermanos quedaron en una situación extremadamente precaria.
La falta de alimentos empeoró rápidamente.
Y Keiko, que tenía apenas 16 meses, murió de hambre.
Ese hecho marcaría a Nosaka durante toda su vida.
La muerte de su hermana lo persiguió durante décadas
Una de las razones por las que La tumba de las luciérnagas resulta tan dolorosa es porque no nació únicamente como un relato contra la guerra.
También nació de la culpa.
Nosaka llegó a reconocer que durante aquellos meses no había sido el hermano idealizado que aparece en su obra.
Confesó que, en algunos momentos, se comía alimentos que debía compartir con su hermana y que incluso llegó a golpearla cuando lloraba.
Son recuerdos brutales.
Y ayudan a entender por qué el personaje de Seita es diferente.
En la película y en el relato, Seita intenta cuidar desesperadamente de Setsuko. Busca comida, intenta protegerla, juega con ella y hace todo lo posible para mantenerla con vida.
Nosaka, en cierto modo, escribió al hermano que hubiera querido ser.
‘La tumba de las luciérnagas’ fue una forma de pedir perdón
El relato original, Hotaru no Haka, fue publicado en 1967.
Nosaka lo escribió más de veinte años después de la guerra y convirtió sus experiencias en una versión parcialmente ficticia de su propia vida.
Algunas escenas hermosas de la película, como Seita atrapando luciérnagas para Setsuko o llevándola a la playa, estaban inspiradas en recuerdos reales.
Pero Nosaka admitió años después que esas escenas eran, en parte, una idealización.
Era la relación que hubiera querido tener con su hermana.
Por eso la historia no funciona solamente como memoria histórica.
También funciona como una especie de carta de disculpa.
La película cambia algo muy importante respecto a la vida real
Hay una diferencia enorme entre Nosaka y Seita.
Nosaka sobrevivió.
Seita no.
Ese cambio vuelve todavía más interesante el significado de la obra.
En la vida real, Nosaka tuvo que vivir durante décadas con el recuerdo de su hermana y con la culpa de haber sobrevivido cuando ella no pudo hacerlo.
En la ficción, Seita comparte el destino de Setsuko.
Es casi como si el escritor hubiera decidido no concederle a su alter ego la supervivencia que él mismo tuvo.
La historia termina así convertida en algo más que autobiografía.
Es una forma de corregir, castigar y reconstruir el pasado mediante la ficción.
Isao Takahata entendió perfectamente el dolor de la historia
Durante años, Nosaka rechazó propuestas para adaptar su relato al cine.
Consideraba que una película convencional difícilmente podría recrear la destrucción y la atmósfera de Japón durante la guerra.
Eso cambió cuando Studio Ghibli apareció.
Después de ver los storyboards creados por Isao Takahata, Nosaka quedó convencido de que la animación podía ser el medio adecuado para contar su historia.
Y acertó.
Takahata no convirtió La tumba de las luciérnagas en una película melodramática llena de discursos.
Hizo algo mucho peor.
La hizo cotidiana.
Vemos niños jugando.
Vemos comida.
Vemos pequeños momentos de felicidad.
Vemos luciérnagas iluminando una habitación.
Y poco a poco todo desaparece.
No es exactamente una película “antibélica”
Aunque suele describirse como una de las grandes películas antibélicas del cine, Takahata siempre tuvo una relación más compleja con esa interpretación.
La historia no busca simplemente decir que “la guerra es mala”.
Eso ya es evidente.
Lo que muestra es cómo una guerra destruye la vida cotidiana de quienes ni siquiera participan directamente en ella.
Seita y Setsuko no son soldados.
No toman decisiones militares.
No deciden quién gana o quién pierde.
Solo intentan encontrar comida.
Y aun así terminan pagando el precio.
Ese enfoque hace que la película sea mucho más difícil de olvidar.
Las luciérnagas también tienen un significado
El título parece bonito.
Pero las luciérnagas representan perfectamente el mensaje de la película.
Brillan muchísimo.
Pero viven muy poco.
En una de las escenas más recordadas, Setsuko entierra las luciérnagas muertas después de haberlas visto iluminar la oscuridad durante la noche.
La imagen funciona casi como un resumen de toda la historia.
Infancias pequeñas.
Momentos breves de felicidad.
Y una guerra que los apaga demasiado pronto.
Studio Ghibli estrenó esta tragedia junto a ‘Mi vecino Totoro’
Hay un detalle histórico que sigue pareciendo extraño.
La tumba de las luciérnagas se estrenó en Japón en 1988 como programa doble junto a Mi vecino Totoro.
Sí.
Una de las películas más devastadoras de la historia de la animación compartiendo cartelera con una de las películas más tiernas y reconfortantes de Studio Ghibli.
Espinof recuerda que ambas se estrenaron juntas, una combinación que con los años se volvió casi legendaria entre los seguidores del estudio.
Imagínese salir de ver morir lentamente a Setsuko y después encontrarse con Totoro.
O peor.
Verlas en el orden contrario.
Mucho más que una película triste
Reducir La tumba de las luciérnagas a “la película triste de Ghibli” sería injusto.
Es también un documento sobre cómo la guerra se ve desde abajo.
No desde generales.
No desde mapas.
No desde discursos políticos.
Desde dos niños buscando comida.
Por eso sigue funcionando casi cuarenta años después.
La animación cambia.
Las técnicas cambian.
Los públicos cambian.
Pero el hambre, el miedo y la pérdida siguen entendiéndose perfectamente.
La verdadera historia la hace todavía más difícil de ver
Saber que Setsuko está inspirada en una niña real cambia por completo la película.
Keiko Nosaka murió con apenas 16 meses.
Su hermano sobrevivió.
Y más de veinte años después decidió convertir aquella culpa en literatura.
Luego Isao Takahata transformó esas páginas en una de las películas más importantes de Studio Ghibli.
Quizá por eso La tumba de las luciérnagas se siente diferente a casi cualquier otra película animada.
Detrás de los dibujos hay recuerdos reales.
Hambre real.
Bombardeos reales.
Y una hermana que nunca llegó a crecer.
